Alivio sintomático

Estoy en pleno apogeo vírico. Congestión nasal, tos perruna y dolor de cabeza. Los sentidos se embotan, eso unido a la automedicación hacen que viva en un puntillo continuo. En esta fase suelo caer presa de la melancolía. Recuerdo las visitas de niño al médico de cabecera, primero me preguntaba «¿qué tal la Real?», dando por hecho que como era varón me gustaba el fútbol, luego metía ese palo áspero en mi boca y al final me recetaba Frenadol, siempre Frenadol. El sabor era asqueroso. Ese es el gran acierto de este medicamento, ya que en el inconsciente colectivo cuanto más desagradable es el sabor de un fármaco mayor es su poder de curación. No hay nada que sepa bien y cure, y el día que lo inventen dará igual porque nadie se lo creerá.

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Hay personas que luchan contra la melancolía, y otros a los que nos gusta regodearnos en ella de vez en cuando. Unos falsetes de Thom Yorke, luz tenue, un sofá y una manta de Ikea. Pienso en mudarme y vivir en un país nórdico, alguno de esos en los que todos los partidos políticos son iguales, donde se conjugue de vez en cuando el verbo dimitir y no haya mierdas de perro en las aceras. Prefiero morir de aburrimiento que atropellado al esquivar una diarrea de caniche. Debe de existir un término medio, pero ahora mismo no lo veo.

El otoño llega, las castañas caen y las primeras mandarinas, las más ácidas, llegan a nuestras casas. Parece que el efecto del Frenadol va desapareciendo, así como la melancolía. Y lo único que queda es la certidumbre de que un visitador médico, hace muchos años, se lo curró de putísima madre.

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1 respuesta

  1. antxo dice:

    jajajaja…. brillante este post. Me encanta la frase de «No hay nada que sepa bien y cure, y el día que lo inventen dará igual porque nadie se lo creerá». Gran verdad!!!!!

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