Tres cañas y un mosto

El otro día, al acabar mi jornada laboral, fui a mi panadería habitual y la dependienta me sorprendió regalándome un par de cruasants. Para una persona tendente a la tacañería como yo, un detalle como ese equivale a la donación de un riñón. Acababa de fidelizar un cliente con un simple detalle, y una inversión mínima.

Por un momento me paré a pensar en lo mal acostumbrados que estamos. Te puedes pasar más de diez años tomando una cervecita en el mismo bar, prácticamente todos los días, y en todo ese tiempo lo más probable es que el dueño no te haya invitado a un triste zurito. Habrá excepciones, aunque la verdad es que no conozco ninguna. Si coincide que hace menos de un mes que han abierto el bar, es probable que traten de captar a la clientela con aceitunas o cacahuetes. Aún así, por comparación con el resto de locales, te parece que te están tratando como a Paris Hilton en una tienda de bolsos.

Mesa bar

Nos venden la absurda idea de que en un sistema capitalista como el nuestro, el que paga es el que manda. En los bares es al revés, es un feudalismo salvaje donde el que está dentro de la barra siempre tiene razón. La mesa llena de vasos vacíos, la cerveza sin gas, la copa de vino con restos de carmín y Shakira a tope un miércoles a las 8 de la tarde. Nos hemos acostumbrado a ser tratados como ganado. Luego todavía hay gente -en todas las cuadrillas hay por lo menos uno- que defiende que todo lo que te pase es culpa tuya, porque el sistema no se puede cambiar, y eres tú el que debe adaptarse, «eres libre de no volver e ir al de enfrente», te dicen. Ya, el problema es que vengo del de enfrente, y es mucho peor.

Lo mejor de todo es cuando llega el verano, esas terracitas donde no sale nadie a atender. Cuando ya estáis pensando en marcharos sale la camarera. Sois cuatro amigos, tres cañas y un mosto. A los diez minutos sale con la bandeja y las consumiciones, y se pone a preguntar, «¿la caña? Aquí, ¿otra caña? Aquí ¿la última? Aquí.» Y el mosto se lo coloca al que no tiene nada. Y pienso yo, y lo pienso 50 veces cada verano, y nunca tengo el valor suficiente para decírselo a la camarera: ¿NO ES MÁS FÁCIL PREGUNTAR PRIMERO DE QUIÉN ES EL MOSTO Y ASÍ YA SABES DÓNDE PONER LUEGO LAS CAÑAS?

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