Lost in the supermarket

Cada cierto tiempo tropezamos con la misma piedra. Yo el sábado por la tarde estuve en un centro comercial. Gente por todos lados, calor insano, ruido y gritos infantiles. Terreno abonado para un buen ataque de ansiedad.

Yo entro fresco como una lechuga en un centro comercial y a los pocos segundos ya estoy cansado. Comienzo a arrastrar los pies, mi cadencia de paso se reduce, lo que inevitablemente alarga mi estancia en ese infierno. Evidentemente a mayor tiempo de exposición, mayor consumo. Creo que es algo estudiado, la iluminación, la explosión de colores, no descarto que echen algo en el aire, una especie de bromuro para el cerebro,  para bajar las defensas contra el consumo innecesario que trae de fábrica todo varón normalmente constituido.

Tuve que recorrer de lado a lado todo el complejo, y vi cosas que no creeríais: un hombre de 50 años mirando de reojillo a chavalitas de 17, niños hacinados en txiki-parks que apestaban a calcetín sudado, colas interminables hacia una empleada  con cara de asco,  cientos de mujeres manoseando pantalones en Zara Man, pinchos de tortilla a 3 euros brillar en la oscuridad cerca de la puerta de emergencia…

Crucé todo el centro comercial de lado a lado, observando las caras que se cruzaban, y no vi ni un solo adulto que estuviera disfrutando, ni sonriendo, ni tan siquiera relajado. Y me sentí parte de algo, de una masa informe, aburrida, agobiada.

Me sentí jodido pero acompañado.

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.