Rafa no está bien

Rafael Nadal está cansado. Hoteles, aviones, platos de pasta. Muchos días se despierta y no sabe ni en qué puesto de la ATP está. A menudo aborda a un recepcionista y le pregunta por su familia, cuántos hijos tiene, si su mujer ya ha pasado la menopausia o cuándo fue la última vez que le dieron un abrazo. El recepcionista sonríe y asiente, porque el inglés de Rafa es el que es. Rafa se siente solo. LLeva años empujando sin ayuda un país de perdedores, una piedra pesadísima que crece a cada empellón. Se ha convertido en un Sísifo que hace anuncios de champú anticaspa.

Rafa fantasea con un cambio de vida, quizás un empleo en una actividad donde nunca haya crisis, un trabajo que dependa de la estupidez humana, como barrendero o político. Jornadas de ocho horitas y vuelta a casa, a marcar en la pared cuánto ha crecido la pequeña Paula y a sacar de paseo a su mastín Nole con una bolsita de plástico en el bolsillo. No pediría mucho más a la vida. El olor a café recién hecho por la mañana, llevar a los niños al cole y que un padre le hable de lo malos que son los sindicatos y el entrenador del Real Madrid. Vivir ajeno a lo importante y angustiado por lo accesorio, sentirse parte de algo mucho más pequeño que uno mismo, ser alguien normal.

Rafa no duerme bien. A veces se despierta de madrugada y mira el reloj despertador. Los números rojos no mienten. Son las 4:24 AM y todavía no le han llamado del Banco Sabadell.

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